Cuando escuchaba ayer a Rosa Díez pensaba en la soledad de otro político, la de Gregorio OrdóñezAna Iribar / Viuda de Gregorio Ordóñez y presidenta de la Fundación que lleva su nombre
Fuente: Fundación Gregorio Ordoñez
Cuando escuchaba ayer a Rosa Díez pensaba en la soledad de otro político, la de Gregorio Ordóñez, y recordaba que para él defender sus principios y lo que creía más justo y razonable en cualquier momento y especialmente, para todo lo relacionado con ETA, no era una cuestión de bulto, ni de propaganda, ni de marketing, ni de buenas o malas compañías, si no de honradez personal, de ética democrática, de justicia hacia las víctimas del terrorismo. La soledad frente a los grandes solo hace a estos más pequeños, sobre todo, cuando no tienen razón. Que nos expliquen por qué no se puede pretender ilegalizar a BILdu y a Amaiur y a cualquier otra formación que guarde una mínima relación con ETA. ¿Tan difícil es para nuestros demócratas ser coherentes con la legislación que ellos mismos aprueban? Acaban de aprobar una ley integral de apoyo a las víctimas en la que rechazan cualquier asomo de etarras en nuestras calles. Pues que empiecen por las instituciones. No basta con borrar los nombres de los etarras de nuestras calles, es un contrasentido inmoral mantenerlos como si fueran uno más sin que hayan ni tan siquiera condenado a ETa y toda su historia delictiva, mientras ETA no se haya entregado y disuelto, mientras no se colabore con la justicia para resolver los más de 300 casos pendientes. ¿No es esto acaso lo suficientemente importante para cualquier democracia que se precie? ¿No debería acaso marcar esa línea roja que unos y otros tanto defienden? Estamos hartas ya de tanta ambigüedad, esa que el PSOE y el PP tanto han criticado siempre. La soledad en política a veces es hasta buena, ya se sabe, vale más estar solo que mal acompañado, sobre todo cuando se desnuda la verdad del gigante al que uno se enfrenta: derrotar a ETA desde la dignidad y la coherencia democráticas.
Imagen tomada de El Cascallazo
Tratando de entender la teoría de la relatividad promulgada por Albert Einsten a principios del Siglo XX, un día me topé con un texto donde se hablaba de dos tipos con pasta que habían decidido dar un paseo a bordo de un Transatlántico. El primero de ellos decide pasar el viaje sentado en una hamaca leyendo la prensa local mientras el segundo comienza a dar vueltas por cubierta montado en una bicicleta.