Lo que en otros tiempos parecía una escombrera es ahora un discreto paseo que el tren se encarga de sobresaltar.
Mayo se pinta de rojo con amapolas silvestres que tiñen el paisaje. Abril vino cargado de flores amarillas, como decía JRJ. Por ejemplo, en Campodón (al que ya dedicamos una entrada en diciembre, "Bosque tras la niebla", interesante para comparar con esta imagen de finales de abril):
Amarillo llegó abril y también, afortunadamente, muy lluvioso. Muchos días, los aficionados a mirar al cielo pudimos jugar a adivinar las formas que las nubes proponían a nuestra imaginación. No sé si aquí verán a la bruja con moño volador que veo yo (sobre el barrio Parque del Oeste, al lado de la universidad).
Ha habido días abrileños (como el de esta vista desde el Parque Mayarí) en que al ver esos cúmulos uno pensaba disparates como que Alcorcón estaba bajo dominio alienígena o que había sido entregada a un magnate extranjero. 
Sucesos extraños, como que un 21 de marzo entraba la primavera y lo hacía con pie de hielo, pintando de nieve los tejados de Alcorcón (además de las publicadas en Noticias de Alcorcón, si algún lector tiene una bonita foto de ese suceso, será un placer publicarla aquí).
El suelo hoy está alfombrado por los restos de esos "ciudadanos" que han mamado esa cultura de bar tan española. Cultura en la que la gente grita y arroja lo que consume al suelo. Y olé.
Algunos bienintencionados han pensado en traer su propia bolsa de basura. Pero parece que el alcohol y demás les han hecho olvidar que no eran para plantarlas allí. El derecho a divertirse, claro, es sagrado en esta sociedad. Está por encima del respeto a la naturaleza, del respeto a los demás.
El paseante le enseña el pequeño tesoro de pétalos blancos y le indica que es una flor de ese árbol. Y le anima a que coja otra del suelo, convertido en alfombra con pinceladas blancas. (Aquí, poema andalusí e historia mitológica sobre este árbol).
La fiesta del pueblo, que muchos poderosos querrían prohibir (y prohibieron), abre sitio al ingenio y a la sátira de la actualidad.
Cientos de niños y jóvenes (y jóvenes de espíritu) desafían al frío. Ya llegará la Cuaresma, con su cortejo de severas procesiones. Pero hoy triunfa la vida, el color, el arte de esa máscara que firma, a la izquierda de la foto, la belleza por la que la vida ha valido la pena aunque solo sea por esta victoria de la alegría sobre los dogmas y la gris rutina.
Y hoy, 5 de enero de 2012, la calle Martin Luther King sigue teniendo numerosas pintadas además de esta, que sigue intacta (intacta, no, con alguna firma añadida):
Hoy 5 de enero de 2012, el paseante ha tenido la curiosidad de saber si ese supuesto cambio "espectacular" afectaba a este paisaje. Pues parece que no:
El paseante que desde este Parque de las Comunidades, uno de los tesoros de nuestra ciudad, suba por la C/ Los Pinos hacia el centro tendrá necesariamente que indignarse (antes se decía cabrearse) si le cuentan que Alcorcón ha dado un cambio "espectacular" en seis meses y que se gastan 10.000 euros de dinero público en limpiar pintadas. La calle (igual que muchas otras) está plagada de firmas grafiteras.
La famosa cuadra Rosales ocupó estas instalaciones hace años. Ahora, varias escuelas de equitación se han asentado aquí. Muchas niñas montando. Al paseante (que no entiende de esto y que intuye el enorme esfuerzo de años que supondrá sacar adelante estas cuadras) los caballos le parecen tristes; las niñas, hinchadas (de un peculiar aire de poder). 
Es fácil imaginarse un duelo en estos pagos solitarios. Pero es más fácil, por desgracia, percibir la boina de contaminación que gravita sobre Madrid. En la foto, se ve cómo llega hasta la cumbre de las llamadas cuatro torres que devoraron una ciudad deportiva.

Pero ahora esos tiempos se han ido. El parque permanece, con la vida en ebullición de los niños en los columpios, los adolescentes jugando al ping-pong, los jóvenes confesando sus tragedias amorosas por el móvil. Bajo el marco de un sauce llorón, el camino invita al paseante a continuar.
Al final del bosque, se divisa el montecito que en otro paseo denominamos "de la estantería". La ciudad y la naturaleza se dan la mano en este territorio: los grafitis de la pista de skate y los extraños dibujos que hace la vida para salir adelante a pesar de las dificultades.
Aunque el túnel parezca oscuro, aunque el camino se haya torcido, este ser vivo nos da una lección de increíble capacidad de lucha por resistir y no ser doblegado.
Es muy posible que hoy, día festivo, unos cuantos vecinos hayan tomado su automóvil (muchos de ellos, enormes para nuestras calles) y se hayan marchado de la ciudad en busca de otros espacios. Y quizá desconozcan este parque y el bosque anexo. Entre el barrio de La Fortuna (Leganés) y Alcorcón, el Parque de las Presillas ofrece esta invitación al paseo.
El silencio es absoluto. Por fin, un lugar donde no se oyen los coches. Aquí se puede no solo ver, sino escuchar cada árbol. El arrullo de la brisa agita sus hojas y compone una melodía muy tenue, para quien se preste a una comunión especial, no contaminada por normas humanas: la comunión con la naturaleza.
El silencio da paso a un delicado paisaje sonoro: rodadas de bicicleta, corredores solitarios, variados trinos de aves. El paseante lamenta no poder ofrecer a sus lectores imagen de tres blancos relámpagos que lo han seducido: tres garzas blancas que se han detenido en nuestro Alcorcón camino de tierras más cálidas.

El paseante está de suerte porque las nubes le regalan un momento de sol. En el bosque El Forestal, al que se accede a unos pasos, se encienden los tonos rojizos y amarillos del otoño.
A unos metros, las casas de los moradores de Campodón. Coches de alta gama, chalés independientes, piscinas privadas... La Moraleja de Alcorcón.