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Prado de Santo Domingo

Diez de la mañana. Frío cortante en Alcorcón. El sol invita a pasear por espacios como el Prado de Santo Domingo. Una suerte contar con este parque que incluye un pequeño bosque de pinos carrascos (amenazado en otro tiempo).

 Al final del bosque, se divisa el montecito que en otro paseo denominamos "de la estantería". La ciudad y la naturaleza se dan la mano en este territorio: los grafitis de la pista de skate y los extraños dibujos que hace la vida para salir adelante a pesar de las dificultades.   
 Aunque el túnel parezca oscuro, aunque el camino se haya torcido, este ser vivo nos da una lección de increíble capacidad de lucha por resistir y no ser doblegado.

Presillas

Mediodía, hoy. Alcorcón al fondo. El paseante ha subido hasta un mirador privilegiado: el Parque de las Presillas.
Es muy posible que hoy, día festivo, unos cuantos vecinos hayan tomado su automóvil (muchos de ellos, enormes para nuestras calles) y se hayan marchado de la ciudad en busca de otros espacios. Y quizá desconozcan este parque y el bosque anexo. Entre el barrio de La Fortuna (Leganés) y Alcorcón, el Parque de las Presillas ofrece esta invitación al paseo.
El silencio es absoluto. Por fin, un lugar donde no se oyen los coches. Aquí se puede no solo ver, sino escuchar cada árbol. El arrullo de la brisa agita sus hojas y compone una melodía muy tenue, para quien se preste a una comunión especial, no contaminada por normas humanas: la comunión con la naturaleza.

El silencio da paso a un delicado paisaje sonoro: rodadas de bicicleta, corredores solitarios, variados trinos de aves. El paseante lamenta no poder ofrecer a sus lectores imagen de tres blancos relámpagos que lo han seducido: tres garzas blancas que se han detenido en nuestro Alcorcón camino de tierras más cálidas.

Bosque tras la niebla

Mañana de diciembre. Densa niebla en Alcorcón.

Cuando a media mañana ya levantan las brumas, el paseante se acerca a un nuevo paisaje. Paisaje desconocido que sorprende por su destartalada desnudez. Como un ejército fantasmal de extraños guerreros de la bruma, los árboles deshojados invitan a aventurarse en el territorio.


Es Campodón. Barrio pegado a Villaviciosa con una pequeña parte dentro del término municipal de Alcorcón. El caminante ha seguido la calle del Prado hasta, sin darse cuenta, pasar al otro municipio. En la calle del Bosque (Villaviciosa) se ha topado con un campo de fútbol lleno de aves centrocampistas y esta planicie de adelgazadas ramas.

La hierba está fresca y levemente empapada por la niebla. Tener al alcance ese paseo es un regalo para los sentidos.

El paseante está de suerte porque las nubes le regalan un momento de sol. En el bosque El Forestal, al que se accede a unos pasos, se encienden los tonos rojizos y amarillos del otoño.
A unos metros, las casas de los moradores de Campodón. Coches de alta gama, chalés independientes, piscinas privadas... La Moraleja de Alcorcón.

Pero la naturaleza (y el magnífico bosque El Forestal) es de todos. Animales en libertad, más 300 especies de árboles y arbustos, más de siglo y medio de existencia que los seres humanos, si tenemos dos dedos de frente, hemos de respetar y proteger.

"Creado por la primera Escuela de Ingenieros de Montes que hubo en España (1849), está considerado como una de las zonas verdes de mayor prestigio de la Comunidad de Madrid, con categoría de Bosque Real desde 1739, por su gran variedad de especies vegetales, junto a la avifauna que se ha ido acomodando en él, donde conviven árboles propios del norte peninsular como el Tilo o el Avellano con especies típicas del sur como el Alcornoque y otras traídas de lejanos países como el Ginkgo biloba. Su enorme diversidad de especies, por encima de las 350, muchas de ellas protegidas, entre árboles y arbustos hace que se pueda considerar uno de los bosques más singulares y originales de la Península Ibérica, con una antigüedad en muchas de sus plantaciones que superan el siglo y medio de existencia y adaptación a estas latitudes". (Ayuntamiento de Villaviciosa de Odón).

Otoño crujiente y circo

Si el paseante llega a través del tren de cercanías (o del metrosur) y se baja en la parada de Alcorcón Central, la calle Cáceres lo llevará hacia el recinto ferial. Nada más acabar la calle Cáceres, la Av. del Oeste saluda al paseante (hoy, tres de la tarde) con una alfombra de hojas levemente agitada por el viento.
Unos breves rayos de sol encienden las ramas superiores de los árboles. Instante impagable. Un vecino en bicicleta abre camino al paseante.
Hoy los pies pueden rebozarse en crujidos de hojas secas. El carril bici invita a subirse al sillín o a pasear, a abandonar tanto coche ruidoso y contaminante para disfrutar de cada paso, de cada árbol, de cada brillo de luz en un día frío que amaneció lluvioso.

El paseante llega a su destino. Hoy se había propuesto llegar al circo. Recinto ferial, cinco de la tarde. Entre el rugido de motos y coches, se eleva una construcción mágica, de formas extrañas para la ciudad: es la carpa del circo, construida con el esfuerzo de sus nómadas habitantes. El paseante pide permiso para entrar (hoy hay sesión a las 18.30) y le ponen una serpiente en el cuello. Pero como no hace periodismo sensacionalista, esa imagen no la va a difundir.
Parece que en Alcorcón, sede de una escuela circense durante años, el circo les sobra ahora a los gobernantes. El paseante se pregunta por qué tanto desprecio a una profesión esforzada y honesta, que tiene uno de los más nobles objetivos: emocionar, entretener, hacer sonreír a niños y mayores.

Martes de mercadillo

Si el paseante decide recorrer la calle Pablo Neruda desde su conexión con la Av. del Oeste, se encontrará a su izquierda con el extenso Parque de la República. La convivencia entre vecinas hojas perennes y caducas crea un sabroso juego de colores que abren más los ojos del invitado.

Subiendo la cuesta del parque, el paseante encuentra un amplio espacio verde aún muy desnudo de arbolado. Pero si tiene la suerte de acudir un día tranquilo, un paisaje sonoro le invade: el silencio y las notas de los trinos de los pájaros que recorren el parque.

 El paseante sigue subiendo la cuesta del Parque disfrutando del concierto de las aves pero, de repente, el paisaje sonoro cambia radicalmente: el rumor de un griterío le sorprende.

Sube a lo alto de la cuesta y allí está... El mercadillo de los martes en ebullición. Desde lo alto del auditorio abierto del parque (por cierto, parece que el superequipo de limpieza del alcalde ha querido respetar el grafiti), se oyen las voces: "¡A lo que quieras! ¡A lo que quieras! ¡A lo que quieras!". Una impulsiva vendedora rompe las leyes del mercado y anuncia su disposición a que sea el comprador el que ponga el precio. El paseante baja y se acerca para mezclarse entre el gentío. El brillo de la fruta a mediodía. "¡Pintalabios pa la crisis!" "¡Pintalabios pa la crisis! ¡A doh euroh! ¡A doh euroh!".
Un hombre regala al paseante una invitación para el circo. El autor de este blog descubre la mirada honesta de quien se lo entrega e imagina una vida dura, entregada a una pasión. Decide dedicar su próximo paseo, su próxima entrada, al circo instalado en el recinto ferial.

Recién llovido 20 N

20 de noviembre. Alcorcón recién llovido. Cielo gris. Nueve y media de la mañana. El paseante acude al colegio electoral (donde un policía lo mira por hacer fotos a los álamos de los colegios públicos, entreverados de amarillo). Después se acerca al Parque de la Ribota. Por su flanco oeste, lo saluda un habitante de colorido espectacular.

El paseante no es fotógrafo. Ni tiene una cámara buena ni sabe todas esas técnicas de los profesionales. La belleza está en mirar la naturaleza.

El paseante repara hoy en la fauna: delicado concierto de trinos. En sus espacios acuáticos, el parque acoge ánades reales que son atracción esencial para los más pequeños (además de los columpios, claro). Esta senda lleva a una de las áreas infantiles del parque. El paseante se pregunta si hoy, 20N, todo un país se dirige, como esa senda, hacia la infancia de los pueblos, donde solo existen buenos y malos, princesas y dragones, condesas y vasallos.

Otoño pintado

Parque de las Comunidades. 10 de la mañana. Otoño en Alcorcón.
El paseante está un poco triste, porque no ha encontrado la luz y el brillo que quería. Ha sabido por los comentarios que tiene valiosos lectores (capaces de apreciar la belleza y el valor de la naturaleza) y no querría defraudarles.

Pero al lado de la belleza de los árboles, está el conflicto permanente de los humanos. Parece que la superbrigada de limpieza del ayuntamiento no ha llegado hasta aquí, porque abundan las pintadas. Algunas de contenido político, que el paseante no va a reproducir aquí.

Otras, con cierta armonía estética con el entorno (obsérvese el rojo de la pintada, a juego con los toboganes: cuando un niño se tire por el tobogán, quedará muy oportuna su cara de velocidad y ese "¡Qué desfase!"). Quizá el alcalde haya valorado su estética y haya ordenado su respetuosa conservación. Ya sé que algún lector dirá: tú sí que eres un desfase, payaso. Pero qué hermosa profesión esa, la de payaso.

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